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jueves, 27 de agosto de 2026

Una historia repetible

 

Ver la luz

en la España del 1900,

en el seno de una crisis colonial

enraizada en el patriarcado del tumulto


Canciones infantiles

normalizando

el horror de la contienda,

con: "Mambrú se fue a la guerra"

 

"Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, qué pena,
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá.
Do-re-mi, do-re-fa,
no sé cuándo vendrá".

 

Reviviendo nostalgias

de los amores del frente

en guerras pasadas

y momentos presentes


Memorias de fracturas,

de esperas eternas,

como: "El Barranco del Lobo"

 

«Ni me lavo, ni me peino,
ni me pongo la mantilla,
hasta que venga mi novio
de la guerra de Melilla».

 

Enfrentamiento de clases,

nacionalismos cortantes,

y el fragor del manantial del exterminio


Se siseaban las lecciones de historia

jugando por la calle,

jugando por la casa,

lecciones para nuestros infantes

como los del inicio de la Gran Guerra de 1914

 

Tiempos del caciquismo por montera

adquiriendo votos con solera,

manipulando censos sin espera, 

y el pueblo

riéndole las gracias por lo propio


Asumir miserias,

aceptando las colas del hambre

y las ayudas públicas de beneficencia 

 

¿Quién no ha fabulado de niño

con otros futuros posibles,

otros deseos asumibles,

como en el caso del "si fuera"?

 

Blandir astrágalos

en el juego de las tabas,

apretando las rodillas

frunciendo el ceño

de cuclillas,

levantando el puño en alto para hacer palanca,

y soltarlas a mano abierta,

arrojándolas contra el suelo

 

Germen oracular

de sincrético transitar,

con aquella obstinación de infancias grises,

que aprendieron el don de la supervivencia

a golpe de capón

 

Seguridad de los preceptos

repasando la lista de los Reyes Godos,

olvidando la cosmología de los ancestros arévacos, 

y caminando solos,

casi descalzos 

sobre un suelo helado 

para ir a la escuela

 

Mi abuela Benita

siempre disfrutó de los entresijos de la historia,

y del plasmar destinos

desde un pensamiento crítico

y también desde lo mágico,

con los salpicones de las pinturas rupestres 

penetrando en las paredes de la roca,

con los dedos extasiados de deseos

en el imaginario colectivo del augurio

 

Reverberaciones lumínicas

a la luz de las antorchas, 

acotando la paleta de colores,

derivando hacia un gradiente monocromal

salpicado de inclusiones ferruginosas,

adornadas con unos versos arcoíris

que dolieron poco

 

Matizar perfiles

a mano alzada,

dibujando la cabeza del Moncayo, 

culebreando con su aires de gigante

por el cerro de la antigua Oria,

acariciando los empedrados de las legiones

que despertaron en el paisaje

el brezo silvestre del arraigo

 

Moza 

de resistencia numantina, 

afrontando los enredos en el pelo,

a sus dieciocho años,

repeinándolos

entre tirabuzones de siegas,

mientras repartía agua fresca entre los mozos

 

Años más tarde,

los mismos mozos marcharían 

al frente en 1936,

unos cantando el  ¡Ay, Carmela!

otros cantando el "Cara al Sol" 

 

Cantar abrazos de caracolas,

con su delantal zurcido de nostalgias

pelando patatas piel de sapo,

con postura reposada, 

en una cocina de hierro forjado,

martilleada

para desprender el óxido del dictado 

 

Tez curtida de sarmientos,

de hambre joven,

de estoicidad doméstica,

de mascarón de proa,

repasando las cantinelas de escuela,

recordando

las zozobras de la historia


Inicios de la Segunda Guerra Mundial

oscurecidos por las austeridades,

unas con finales abruptos,

otras con adaptaciones finales 

 

Paseos de atardecer

para robar bellotas en el Monte Valonsadero,

para alimentar al cerdito del ahorro,

salvando las cenas de invierno

 

Juventud de sudor y tierra

pasando a las luchas de madre de posguerra,

escapando las madrugadas de estraperlo,

y perderlo todo por las tardes,

en manos de los tricornios cara perro 

 

Necesidades de derivas instrumentales

acabando en abrazos de las doctrinas de ayuda,

en conventos de ideologías pernees, 

para menguar el hambre

de uno hijos

con unos padres sin pan

 

Tiempos en los que el tío Bernardo

hacia dormir a mi padre en en el trigal

con nueve años,

abrazado al cencerro del miedo,

por si aparecían los lobos del espolio 


A su muerte,

mi abuela Benita,

había conseguido ahorrar diez duros de plata

que había escondido por la casa 

 

¿Quién podía imaginar

el poder acompasar

las necesidades de posguerra

con el tesón por labrar futuros?

 

Suyas fueron las monedas de la austeridad,

como lo fueron los dulces besos

a sus virgencitas de plástico luminiscente,

moldeadas en fragor devocionario

con isótopos radiactivos

de radio-226

 

La recuerdo repasar sus cantinelas

junto a la cama,

a sus 92 años,

historias de pasados prendidos 

con las mismas progresiones tangentes

que las metástasis de nuestros imaginarios presentes

 

Nacionalismos de ego,

clientelismos de asalto 

y los preceptos del olvido perenne

del exterminio de lo diferente

 

Clamores

de deshumanizaciones

previas a la extinción de:

 "aquellos hombres grises"

en el sino de lo demente,

azuzando a los pueblos prendidos

en hogueras de odio y adscripción

 

Recuerdos

de los modos de asalto y sus 

"identidades asesinas"

con un Amin Maalouf elocuente 

mostrándonos a los genocidas

con sus perfiles de voceros erectos

señalando con sus egos

 "Bestias con forma humana"

 

Contexto de conformismo amargo

aludiendo a los dogmas del precepto,  

"El triunfo de la voluntad"

con cegueras populares

a las puertas

de otro mal cuento

 

Mi abuela

en su destiempo

nos advertía segura

del preludio de un nuevo comienzo

"cuidaros de los Idus de marzo" 

 

 


 En memoria de mi abuela Benita

 

 

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Feliz cumpleaños

 

 

Feliz cumpleaños de los cumpleaños,

con un despertar solemne,

resoplando hacia las velas del comienzo,

zigzaguendo en un presente ya pasado,

que decanta hacia los 60 abriles y un segundo,

y dos, y tres,...

y volverse a ver

cortando el pedacito de pastel

con las mismas manitas colibrí

que jugueteaban con el chocolate del abuelo,

con la cara enamorada de sorpresas,

pintada de chocolate digital, 

luciendo una coleta palmera

con una pinza de don Mickey el ratolín

 

Con cada clic,

con cada clac,

con su cámara de placas,

congelando momentos prendidos de nostalgias,

mostrando nuestras infancias a pelo,

lo que ahora se perseguiría a contrapelo,

cual hiato estratigráfico

de un mal cuento


Recuerdos de las pilas de huesitos de santo

asomando por la cesta abuela,

y nuestros padres y madres con sus brazos abiertos

al volver nosotras de las discotecas,

y sus broncas cabalistas,

de las que nunca acertabas el secreto

 

Prisas, risas y besos,

semillas de un pasado,

germinado, crecido y marchitando

entre las dificultades por sostener la memoria de una madre

en comunión con el desapego,

y un fragor mutante derivando hacia su olvido eterno


Soñar despierta con mi primer ciclomotor,

un precioso Vespino rojo carmín

que duró dos telediarios,

pese a sus cadenas


Jirones hechos trizas de presuntos maridos,

entre risas zurzidas con pan y cebolla

y la premura por huir

 

Parejas de pluma y tintero,

de posesiones prendidas

por el temor al desconsuelo


Y unas navidades tuertas,

con el aburrimiento de telecirco,

voy y contacto con el barquero,

henchido de cicatrices bucaneras y de olvidos pasajeros,

y decido volver a trepar por la trama de lo social,

como siempre,

haciendo nido 

sin arneses ni cuerdas,

con ese temor contenido de volver a caer a los abismos,

pero decidida a retomar el vuelo con manta y cuchillo,

porque,

ya no queda nada más atrás,

ya no hay tiempo de entremeses,

ni de entre semanas,

ni de entre horas

 

Es el momento de quemar las velas,

prendida

por la tenue luz de la llama,

que crece y crece,

mordiendo tu momento dulce,

sintiendo el calor en la cara,

como en aquel último concierto de Rammstein,

sonando Zeit,

pero ahora 

blandiendo las espadas

frente a la insoportable levedad del ser

 

 

Dedicado a Marian 

 

 

 

 


miércoles, 19 de agosto de 2026

El sombrerero loco





¡Tachan, tachan!



A mesa puesta para la hora del té,

vuelan las cartas de la baraja,

resoplando una corona,

la de la solemne reina de corazones,

gritando extasiada,

con voz de soprano y planes de araña 


¡Que le corten la cabeza!



Dos ojos marrones, vivos y saltones

observan entre las tazas,

bajo un sombrero de copa,

de diez chelines y seis peniques,

con unas largas canas que asoman,

elevándose con prudencia,

un sonriente Juan Tamariz,

con giro elegante y cara amable,

nariz aguileña y ojeras,

con su dentadura de sierra mellada,

y sus largos 
dedos cual ramas de jazmín,

saludando con una mano,

y en la otra

sostenido dos orejas desalineadas,

inmóvil, 

la liebre de marzo,

pese a sus prisas y ansias



Violines imaginarios,

inician el cambio de escena,
 
“el baile de las escobas”,

y el sombrerero loco
 
convertido en ratón,
 
aupado por su amiga la liebre
 
colándose por la cerradura,
 
adentrándose por última vez, 
 
en la gran puerta
 
del reino de las ilusiones prendidas






(En memoria de Juan Tamariz)