Cansado te encuentro,
recostado bajo el cielo del Olimpo,
haciendo tiempo
bajo las estrellas de la inspiración de mis pestañas,
con tu sonrisa labrada
por el cierzo de los azotes mundanos,
los que pretendieron domar
los compases de tu trote errático
con el trasfondo de los Doors.
Asido al pitillo precipitado
que siempre me pareció el mismo,
el que sostiene tu cuerpo escuálido
y lleno de cicatrices,
oliendo como siempre
a ballena de tormentas y almizcle de adoquín,
con los zapatos roídos
por tanto desandar
en tus viajes de huida
al abrazo de la montaña
y al agua de arrollo.
Trashumante de ballenas blancas,
de cuarteadas vísceras sin vesícula,
de sufridos ojos deslumbrados
por la inspiración de sus domingos,
te doy las gracias,
porque hoy,
me has dado pan y peces de nostalgias
a manos llenas.
Capitán, capitán,
todo cambia,
pero hay que huir de los duelos eternos.
Capitán, capitán,
por el amor a las ballenas imposibles,
escribe más.
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