¡Tachan, tachan!
A mesa puesta para la hora del té,
vuelan las cartas de la baraja,
resoplando una corona,
la de la solemne reina de corazones,
gritando extasiada,
con voz de soprano y planes de araña
¡Que le corten la cabeza!
Dos ojos marrones, vivos y saltones
observan entre las tazas,
bajo un sombrero de copa,
de diez chelines y seis peniques,
con unas largas canas que asoman,
elevándose con prudencia,
un sonriente Juan Tamariz,
con giro elegante y cara amable,
pero feo, feo, de cojones,
con su dentadura de sierra mellada,
y sus largos dedos cual ramas de jazmín,
saludando con una mano,
y en la otra
sostenido dos orejas desalineadas,
inmóvil,
la liebre de marzo,
pese a sus prisas y ansias
Violines imaginarios,
inician el cambio de escena,
“el baile de las escobas”,
y el sombrerero loco
y el sombrerero loco
convertido en ratón,
aupado por su amiga la liebre
colándose por la cerradura,
adentrándose por última vez,
en la gran puerta
del reino de la fantasía
(En memoria de Juan Tamariz)
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