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domingo, 20 de enero de 2013

Ciento un años


Desde mi juventud fui un servil creyente, que deglutía todas esas objetividades manifiestas, todas esas irrefutabilidades comprobadas a través del incuestionable método científico, ese modo de hacer que daba sentido al mundo, al mundo que me enseñaba Don Ramiro, ese mundo que sobrepasaba el raso punto de mira de un zoquete, que escribía con renglones torcidos y letras asimétricas.

Mi padre, muerto de cáncer linfático por un diagnóstico tardío, tras una penosa peregrinación por tratamientos agresivos y experimentales que no pudieron paliar su hepatopatía accidental. Una enfermedad diseminada tras aquel pinchazo fortuito, su primer y último accidente laboral, en aquel ahora desmantelado hospital que olía a siniestro.

Riguroso, siguiendo un protocolo divergente al de una mutua de seguros que se lavó las manos, sobre el principio del fin. El final de un buen hombre, amigo de sus amigos y respetuoso con sus enemigos, siempre elegante y con corbata; un trabajador desmedido, la media naranja de mi madre; todo un niño grande enamorado de sus bromas y de su pasión, la historia antigua. Mi padre me contó que el mejor regalo de su vida se lo hicieron sus abuelos, una espada de madera construida con los restos de las vigas que quedaron diseminadas tras los bombardeos sobre Barcelona, y una capa de porte noble confeccionada con las cortinas desgarradas por las fauces del fascismo, que ahora se autoproclama derecha moderada.

Mi padre, era un praetoriani reencarnado en bufón, que revivía siempre que podía su pasado ilustre, enfrentándose cuando él creía que nadie lo veía, al mismísimo laureado Julio Cesar, posando frente al espejo de aquel mugroso cuarto de baño de la abuela, ataviado con su toalla como túnica, y una corona de laurel que custodiaba la cisterna.

Todos se lavaron las manos en aquel hospital,
cual sectarios gusanos necrófagos del beso de Judas.
Pesaba mucho la potencial demanda.
Abrumaba la terrible incoherencia de los protocolos instaurados,
metodológicamente elaborados,
nunca cuestionados,
... en fin,
todas esas racionalidades metodológicas,
científicamente consecuentes con el pasar de largo,
en un tiempo sin reducción de costes,
sin recortes,
y con un amplio desarrollo del potencial social,
en el que dicen fue,
el primer mundo de los posibles,
la cuna de esa cosa llamada progreso,
aunque daba igual hacia dónde fuera,
ni cómo.

¿Qué hubiese sido de mi padre de haber vivido un año más?
Seguramente hubiese acabado igual,
aunque mi madre habría pagando diez euros al día por un sillón de acompañante en un desahuciado hospital público.

Mientras mi padre se moría entre su rosario de hemodiálisis a la desesperada, los directivos y los mandos intermedios, férreos defensores de la postura institucional, le mandaban ramitos de flores. La mutua, alegó siempre, no haber tenido constancia del accidente. No fueron informados por la dirección. El protocolo no decía nada sobre eso.

Actualmente, el protocolo sigue siendo el mismo. La diferencia es que ahora, a mi padre le hubiesen pagado sólo la mitad del sueldo o lo hubiesen despedido con un ERE.

Antes de morir me dijo:

- Darío, dame un vaso de agua con ácido lisérgico. Quiero ver a Julio antes de partir, a Julio Cesar dirigiendo sus tropas contra las Galias. Quiero oír el trotar de los caballos de los hunos, con Atila al frente blandiendo la espada de Marte, y a Jesús de Nazaret, predicando a sus discípulos en el Monte de los Olivos...

Después siempre se oía la frase que más repetía las últimas semanas:

- Señor, Señor... ¿Por qué me has abandonado?

Mi padre nunca reparó en que la historia de Roma fue escrita por Tito Livio quinientos años después de su victoria sobre los Etruscos, ni en que las historias que leía las escribían siempre los vencedores sobre los vencidos, ni en que las leyendas se acostumbran a magnificar y  reinterpretar por autoproclamados expertos, para mantener el statu quo del poder establecido, científicamente legitimado si así fuese requerido,
y... aunque para mí,
mi padre fue tan sólo un soñador.

¿Quién no sueña sobre la presunta realidad y sus supercherías?

Aquella noche, la última de sus noches sin dormir, se dirigió a mí mientras yo veía brotar trémulas lágrimas por la comisura de sus ojos, iluminados por el rojo intenso de su esclerótica henchida de citostáticos y emociones, porque el creía realmente lo que decía:

- Hijo, he vagado ciento un años por el gran desierto de las certezas hasta precipitarme en un pozo de arenas movedizas. He caído a través del cono de una inmensa hormiga león, que me engulló hasta las mismas fauces del infortunio del objetivismo, excavado por la misma Santa Tecla disfrazada de hormiga león, en tanga y con botas de cuero negro. Me quiso violar, me quiso violar los ojos, las orejas, la libertad de expresión y hasta mi impotente sexo, más no pudo con mi dignidad y mi libertad de pensamiento.

El médico nos comento que mi padre deliraba, que había perdido el juicio, y que por eso lo sedaban, la verdad es que su hígado intoxicado, el cúmulo de fármacos y un sesgo de confirmación bien digerido con los años, hacían el resto.
¿Alguien se dignó en preguntar a mi padre cuantos días llevaba sin ir al WC?

Los mórficos habían empeorado su estreñimiento crónico, y el hígado, exhausto ya, no podía depurar las toxinas que alimentaban su delirio.

En un atisbo de tamizada lucidez, durante unos segundos en los que nos quedamos solos, dijo susurrándome al oído:

- Darío, me sedan para que no cante.

... y prosiguió diciendo:

- ... yo le deje hacer, poco tenía que perder, hasta que sació sus instintos más decrépitos. Luego, proseguí mi camino hacia la verdad. Hoy he encontrado un oasis de todo lo que perdí y de lo que retuve tras este primer martirio hacia mi santidad.

Acercándose un poco más y abriendo los ojos como nunca, me susurró:

- Darío, la verdad no existe, la inventamos cada día, pero nos mienten. Nos intentan convencer de que sólo hay una, y que es científica, o simplemente salvan el bulto con un lapidario dogma de fe.

Hizo una pausa, me miró y exhaló su último aliento, sabedor de que su secreto ahora también era  mío.



Dedicado a F. Ballerini. Bufón de mis insomnios, amigo y compañero de fatigas que me enseñó a no creer en dogmas, ni en todo lo escrito en los libros de historia; sin olvidar que, los sueños son esa parcela de la realidad que vale la pena ser vivida cada día.