Horadando el por qué de tu mirada,
sucumbo ante el ocaso de mil soles eclipsados
desde una densa antimateria teorizada,
que vaga desquiciada
entre las nebulosas de nuestras aquiescencias,
hacia la incineración total del pluriverso conocido,
encapsulado y liberado cada cuatro años
tras la criogenia informativa
que desfalca nuestros astros,
nuestras voluntades bombardeadas
desde una presuntuosa estrella de la muerte,
que subyuga el andrógeno hidrógeno de nuestros helios,
hasta convertirnos en una estrella roja moribunda,
en la supernova del fundido en negro sin finales,
en un púlsar abandonado en el Universo monoverso,
en el que la sentencia: “El trabajo os hará libres”
será el único verso de nuestros poemas
Perdóname,
porque yo te adoro
Adoro tus finas curvas
festoneadas en el fluir de las esperas,
con la calma tensa
que quiebra un árbol
que resistió a la tormenta
Saboréame
la sal de las herencias,
porque yo soy adicto al néctar
de tus sismos
Abrázame
con un trenzado de púas y esparto,
que lacere mi carne con tus dedos y brazos,
despedazando la catatonía tumoral
que paraliza mi voluntad de seguir
Sondéame,
mientras tu aliento
calma el dolor de mis costuras,
ulceradas por la distancia,
pertrechada
en la tensión superficial que nos separa
Contornéate en mi boca,
sedienta de carne y espasmo,
ansiando vibrar entre tus comas,
con una tensión fractal
que arranque los interrogantes nuestras dudas,
porque hoy soy lahar
en el volcán de tus desmayos
Créeme,
quizás yo no soy lo que esperabas,
pero adoro la inspiración de tus poemas,
hipocentro de mis sismos,
el vibrar con tus relatos,
con tus sueños
y tus vicios
Agazapado,
desde el abandonado terrado de mi nicho hipotecado
entre un bosque de antenas oxidadas con inclinaciones caóticas,
escucho los maullidos de unos gatos perturbados
por celo desatado de una gata confinada,
una gata condenada a su eterna masturbación
con el osito de peluche
de un niñito enamorado
de ese olorcillo almizclado
sin el que no podría soñar,
sin el que no podría succionar
la metamorfosis de la vida,
esa esencia compartida
en un cosmos animal,
experimentando con los sentidos,
con sus instintos reprimidos,
antes de la partida,
antes del inicio de la caída
hacia la eterna ensoñación,
hacia la credulidad confinada,
hacia el caminar con ojeras por los pasillos,
haciendo lo que todo el mundo hace,
haciéndolo porque toca,
porque toca gozar
o creer que se goza,
comiendo para trabajar,
trabajando para follar,
ahorrando para morir
hasta compartir un nicho
con los cadáveres de tus abuelos,
de tus bisabuelos y tatarabuelos,
de tus trastatarabuelos y pentabuelos,
de los que tú no recuerdas ni los nombres,
y mucho menos sus caras
Un día,
mientras entierras a tu padre,
ves como dos sepultureros apilan los huesos de tus parientes,
sus pelos enmohecidos
y sus uñas sueltas y retorcidas,
con la intención de hacerle sitio,
y presuntamente compactarlos hacia el fondo del cubil,
Cuando uno de los sepultureros,
el gordo y casposo que masca tabaco negro,
te pregunta:
¿Le importa que metamos los huesos dentro del ataúd?
... y piensas:
¿Encima de mi padre muerto?
¿Con aquel osito viejo y sobado que olía a rayos?
Te estremeces,
y decides abrir la caja de madera,
guardarte el osito de peluche en el bolsillo,
y decirle al sepulturero con una voz quebrada,
pero alto y claro:
¡Proceda!